1 dic 2011

La flor más grande del mundo


A Gabriela, a Saramago, y a las flores.

Guti llevaba tres días caminando por el campo. Cada vez que veía una flor, la saludaba, le ponía nombre y, lleno de alegría, seguía caminando. Hacía lo mismo con los árboles, los pájaros, y a veces, incluso saludaba a las nubes. Guti era un niño muy feliz, sobre todo cuando caminaba por el campo. Nada le gustaba más que caminar y caminar hasta perderse. Entonces, sin darse cuenta, caminó tanto que llegó al final del campo. Y justamente, donde terminaba el campo, comenzaba Marte. Guti no se preguntaba cómo había llegado ahí, ni por qué comenzaba, al final del campo, el planeta Marte; mucho menos cómo haría para regresar a su casa. Él sólo se preguntaba una cosa. ¿Ir o no ir? Y Guti fue.

Siguió caminando, saludando flores y árboles y aves y nubes. Siguió caminando, feliz, como siempre, hasta que encontró frente a él una colina. No podía ni quería ni debía detenerse. Guti subió la colina, y ésta colina era tan grande, que le tomó otros tres días llegar hasta la cima. Finalmente llegó, un poco cansado, a la cima, y, aún con una sonrisa en su carita de mazapán, lo que vio le apachurró el corazón, lo llenó de tristeza, y hasta hizo que el cielo se pusiera un poco gris. Ahí estaba la flor más grande del mundo, la más bella... Lamentablemente para el mundo, estaba marchitándose, olvidada por todos.

Guti tenía un corazón tan grande, pero de veras, tan grande, que no pudo hacer otra cosa, sino ayudar a la bonita flor. El río más cercano estaba muy lejos de ahí, realmente lejos de ahí, pero eso no importaba; él corrió y corrió y corrió. A toda velocidad, atravesó mil mares, subió mil montañas, brincó mil planetas... Recorrió el Universo entero, todo por la dulce flor que cerca estaba de secarse para siempre. Finalmente llegó a la orilla del río, y en sus manos cargó toda el agua que pudo, y corrió aún más rápido para llegar con la flor lo más pronto posible. Cuando Guti llegó con la flor, en sus manos sólo quedaban tres gotas. Como si fuera todo un lago, la flor, cada vez más débil, bebió las gotas que le llevó aquel niño soñador, y con esas gotas comenzó a sentirse mejor. Tristemente, no eran suficientes... Trescientos años de olvido no se van con tres gotitas. Guti volvió a atravesar el universo, corriendo una y otra vez sobre montañas y planetas, hasta que la flor quedó contenta y sin sed. Y creció. La flor creció hasta alcanzar a las nubes, y hasta cosquillas les hizo con sus pétalos y sus hojas. Guti estaba tan feliz de ver una flor tan grande y tan hermosa, que de sus ojos salieron unas cuantas lágrimas. Pero también estaba cansado por tanto correr, y a la sombra de la flor, que era muy grande (la sombra...y también la flor...) durmió un poco.


Los padres de Guti no podían encontrarlo. Llevaban toda una semana sin verlo, y con vecinos y familiares y algunos cuantos amigos de otros mundos, salieron a buscarlo. Fueron a Júpiter y a Saturno y a Japón y a Xochimilco, pero nada. Hasta que, casi dándose por vencidos (es bien sabido que los adultos pueden ser tan distraídos), vieron una flor ENORME al otro lado del campo. Subieron la colina y vieron a Guti, muy tranquilo, durmiendo a la sombra de la flor. Lo llevaron de regreso a su aldea, y ahora todos lo veían con mucho respeto, pues gracias a aquel chamaco alegre y de buen corazón, la flor más bella y más grande de todo el mundo vivió otra vez, por un millón y medio de años, y nunca nadie volvió a olvidarse de ella.

20 oct 2011

De pintor, andrógino y loco, a él no le sobra ni un poco. Juan Kraeppellin.

Kraeppellin es un pintor expresionista. El mejor que he tenido la fortuna de conocer. Su obra realmente impacta y se queda en el inconsciente del espectador. Y qué decir de su persona. Lo primero que uno puede notar al conocerlo, además del brillo que irradia y la “buena vibra” que se percibe, es su altura: apróximadamente un metro con ochenta centímetros. Su complexión es más bien gruesa, aunque los sacos holgados que suele usar la mayor parte del tiempo, la esconden. Unas mallas bicolor y zapatos de charol que les hacen juego son, también, parte fundamental de su guardaropa. Lentes ochenteros, cabello desarreglado, y collares de colores le dan ese toque único e inigualable a su vestimenta. Cuando pinta, usa una peluca rubia y alborotada, como para entrar en contacto con su “otro yo”; el “yo” femenino. Él siempre recibe a las visitas (esperadas e inesperadas por igual) con una gran sonrisa, y el tour por su casa-museo-estudio va “de cajón”. Además, Kraeppellin tiene el corazón más grande que yo haya visto, con espacio para todos y hasta de sobra. “Es una entidad maléfica llena de luz.”

“KE-KE SOY? SOY EL-TIEMPO-KE-ME-KEDA. ESO ES LO KE SOY.”

J. Kraeppellin.





4 oct 2011

Entre taza y taza la realidad se atrasa


Desde que cruzo la entrada al pequeño lugar, el olor a café me saluda cariñosamente, de beso y abrazo, como viejos amigos. Las paredes, decoradas con fotografías en blanco y negro, me invitan a sentirme en casa y esperar por la mesera. “¿Lo de siempre, Azul?” pregunta Érika con esa sonrisa inocente que tanto me gusta. Reconforta pensar que alguien aquí me conoce. Benny Golson suena como por debajo del aire, como entre burbujas: lento y suave, mezclándose con la tenue luz que ilumina y acaricia el espacio. El leve barullo ocasionado por el pleito "cantado" entre tacitas y cucharitas, y los gritos y susurros de aquellos que vienen acompañados hacen que me olvide, aunque sea por un momento, de esa soledad que suelo traer "pa'tos laos" (tengo la mala fortuna de ser poeta); incluso las ganas de salir a fumar un cigarrillo se disipan. Lo único que prefiría omitir, aparte de tener que pagar 4 tazas de café (grano artesanal, desde luego), es tener que salir y readaptarme al ritmo agitado de una ciudad que, en lugar de caminar despacito y disfrutar el panorama, anda siempre corriendo sin saber a dónde quiere llegar, pero queriendo siempre llegar primero.









Texto por Fernando Azul
Fotografía por Kirk Laughlin - Global Delivery Report


3 oct 2011

Describir por el rabillo del ojo

¿Por dónde comenzar a describir un lugar? Sobre todo, uno que sea
especial para nosotros, uno que nos haga sentir una especie de calor interior
que en ningún otro punto del enorme planetota este que habitamos nos
evoca. Llámese hogar, llámese templo (no necesariamente una iglesia, claro),
llámese como se llame, es parte, incoscientemente tal vez, de ser uno más de esta especie.

Yo como siempre ando por ahí con gran cantidad de ideas fluyendo caóticamente en mi cabecita (¿será?) creo que este trabajo me será realmente difícil. La parte sencilla ya la tengo: pensar en el lugar a describir. Ahora viene lo bueno. 'Ora sí, agárrate, a ver si es cierto que muy escritor
y demás autoelogios que me hago a cada rato.

Agárrate.

2 oct 2011

ni tiempo ni espacio para irse despacio

seamos el agua que se evapora
en los párpados cansados
de aquellos olvidados
por las olas de agua sucia.
que nos viole el sol nocturno que
se esconde entre las putas
y el silencio empobrecido
de estas tristes calles mutiladas.
saboreo tu terciopelo
y un color amarillento
hace que se me caigan las uñas.
no hay ni tiempo ni espacio
entre tú y yo.
sólo el agua que nos trajo
la tormenta de ayer,
sólo insectos que se arrastran
o que cuelgan o que vuelan
sobre mi cuerpo.
o lo que queda de él
y que aún respira.
maldito yo que me he atrevido
a cambia tus risas
por el sonido del tabaco
quemándose entre mis dedos.
malditas las nubes que son las
que me han obligado
a imponerme este cancer
casi como una nueva doctrina.
ya ni la vida es vida
en este tumulto,
en esta orgía hipersensorial
donde los latidos son un
lenguaje desconocido
para mí.
y no me importa
que se me congelen los ojos.
tampoco que mi lengua
se caiga a pedazos.
no me impora
perderme otra vez;
realmente nunca he sabido
en dónde estoy sentado.
si pudiera regresarte las caricias,
no lo haría.
las cenizas violan mi nariz
y mis pulmones amenazan
con transmutar lo inverosímil
con desdeñar cada fragmento
cada molécula cada parte
de esto que a veces llamo
ser.