Kraeppellin es un pintor expresionista. El mejor que he tenido la fortuna de conocer. Su obra realmente impacta y se queda en el inconsciente del espectador. Y qué decir de su persona. Lo primero que uno puede notar al conocerlo, además del brillo que irradia y la “buena vibra” que se percibe, es su altura: apróximadamente un metro con ochenta centímetros. Su complexión es más bien gruesa, aunque los sacos holgados que suele usar la mayor parte del tiempo, la esconden. Unas mallas bicolor y zapatos de charol que les hacen juego son, también, parte fundamental de su guardaropa. Lentes ochenteros, cabello desarreglado, y collares de colores le dan ese toque único e inigualable a su vestimenta. Cuando pinta, usa una peluca rubia y alborotada, como para entrar en contacto con su “otro yo”; el “yo” femenino. Él siempre recibe a las visitas (esperadas e inesperadas por igual) con una gran sonrisa, y el tour por su casa-museo-estudio va “de cajón”. Además, Kraeppellin tiene el corazón más grande que yo haya visto, con espacio para todos y hasta de sobra. “Es una entidad maléfica llena de luz.”
“KE-KE SOY? SOY EL-TIEMPO-KE-ME-KEDA. ESO ES LO KE SOY.”
J. Kraeppellin.
